Jacques Cousteau, el último explorador

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En este momento histórico, en el que el hombre ya ha cartografiado prácticamente el 100% de la superficie terrestre y comienza a hablar de la posibilidad de extender por el resto del sistema solar su curiosidad, hay un hecho muy importante que se suele pasar por alto: la inmensa mayoría de la Tierra permanece inexplorada.

Nuestros mares y océanos siguen encerrando información y conocimientos que, muy posiblemente, igualen si no superen a los generados por la parte emergida del planeta. Y detrás del mayor impulso en busca de cambiar esta situación que se ha experimentado nunca hay principalmente una persona: Jacques Cousteau.

El Comandante Cousteau nos ha acercado a todos el universo subacuático a través de su ingente labor de exploración, investigación y comunicación; ¿quién no conoce el Calypso, buque oceanográfico insignia durante años del equipo que Cousteau movió a lo largo y ancho del mundo? ¿O no ha disfrutado con alguno de los numerosos documentales que retratan prácticamente todos los ambientes marinos y fluviales que existen?

Jacques Yves Cousteau nació el año 1910 en Saint André de Cubzac, en la región francesa de Gironde. Ingresó con 20 años en la Academia Naval de Brest, y al graduarse entró como oficial en la armada nacional.

Sus primeros destinos, a mediados de la década de los 30, le llevaron al lejano oriente y a China, tanto embarcado como sirviendo en tierra. Decidió formarse como piloto, pero un accidente de circulación puso fin a ese camino. En 1936 ya participaba en estudios oceanográficos como componente del grupo de investigaciones submarinas de la armada francesa.

Entre de los episodios más conocidos dentro de la génesis del submarinismo moderno está la primera inmersión del todavía joven oficial de la marina; junto con el ingeniero Emile Gagnan desarrollo el «Aqualung», antecedente de los actuales equipos autónomos y que ya permitía disponer de aire a la misma presión ambiental a la que se encontraba el buceador (algo indispensable para poder respirar con normalidad). En una rada de Toulon (Francia), con una máscara inspirada en las empleadas por los pescadores polinesios y pesados tanques cargados a la espalda, Cousteau fue la primera persona que pudo moverse libremente bajo el agua sin depender de una fuente de suministro de aire en superficie. Una de las últimas barreras del planeta acababa de caer. Estos bitraqueas fueron los hermanos mayores del actual equipo scuba.

El siguiente paso fue adaptar una cámara de 35 mm. para uso subacuático y comenzar a captar imágenes que compartir. A partir de ahí la aportación de Cousteau al desarrollo tecnológico relacionado con este campo no se detuvo: sumergibles, técnicas de buceo en saturación, sistemas de propulsión ecológicos…

Su labor divulgativa se basó tanto en la palabra escrita, a través de más de 50 libros entre los que destacar el imprescindible «El mundo del silencio» de 1954 o «El mundo sin sol» de 1964, como en la imagen. Produjo multitud de programas para televisión, además de documentales y películas, algunas de ellas premiadas con galardones tan prestigiosos como el Oscar o la Palma de Oro de Cannes (ambos para la versión en imágenes de «El mundo del silencio»).

Dedicó su vida a la comunicación de la belleza y singularidad del mar, incluso viviendo tragedias personales, como la muerte de su hijo Philippe durante una expedición en Portugal al zozobrar y volcar la embarcación que pilotaba.

Cousteau revolucionó la forma de afrontar el estudio de la biología marina; sus aportaciones técnicas permitieron avanzar espectacularmente en esta área, ampliando enormemente el alcance de las investigaciones submarinas que hoy se llevan a cabo por todo el mundo.

Su trabajo a favor de la conservación medioambiental es también sobradamente conocido por todos, siendo uno de los mejores ejemplos las campañas que realizó en la Antártida o el río Amazonas en 1982. Las Naciones Unidas reconocieron en 1977 su labor con el Premio Internacional sobre el Medio Ambiente. Esta misma organización le invitó a participar como miembro de su Consejo Asesor para el Desarrollo en 1993. El compromiso personal de Cousteau con la salvaguarda del planeta le llevó también a aceptar ese mismo año el cargo de Presidente del Consejo de los Derechos de las Generaciones Futuras francés, cargo del que dimitió en 1995 en protesta por la reanudación de las pruebas nucleares de su país en atolones del Pacífico.

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Pero no todo son luces en la figura pública de Cousteau; muy contrario a las biografías no autorizadas, en 1993 se publicó una en su país natal, «Cousteau, una biografía», que atacaba duramente la credibilidad del oceanógrafo. Considerado una gloria nacional en Francia, el libro provocó reacciones muy distintas. El periodista Bernard Violet, su autor, afirma que algunos de los planos presentes en distintos reportajes subacuáticos fueron posiblemente trucados o filmados en estudios, acuarios o piscinas. También aireó las conexiones entre la empresa Air Liquide, de la que Cousteau era accionista, y su filial Spyrotechnique, algunos de cuyos desarrollos tecnológicos son aplicados al campo armamentístico.

Posteriormente, en 1995, tuvo que enfrentarse a su hijo Jean-Michel en los tribunales para impedir el uso del apellido familiar como nombre para una cadena hotelera en Fidji y Ecuador.

Cuando contaba 87 años de edad, el 25 de junio de 1997, el «Comandante de la gorra roja» falleció a consecuencia de una larga enfermedad respiratoria que arrastraba, aun con proyectos por terminar; la Sociedad Cousteau, fundada en 1974, continúa manteniendo vivo su legado.

Independientemente de los aspectos financieros o jurídicos que le rodearon, la aportación de Jacques Cousteau a la exploración del universo submarino ha sido inigualable. No fue un científico en el sentido tradicional de la palabra, pero su capacidad de comunicador le permitió llegar a mucha más gente en todo el mundo, haciendo presentes en nuestras bibliotecas, salas de proyección, escuelas y universidades las maravillas que el mar esconde.

Cousteau, me enseño a ver los océanos desde otra perspectiva, y no conformarme solo con el cartel de Tiburón II para saber que es un Tiburón. – Gracias Comandante.

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